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En Berlín, la libertad tiene carril

20 oct
4 min de lectura

Actualizado: 21 oct

Sentir que tu cabeza no puede crear te lleva sin escalas a la desilusión, a la falta de ganas, al miedo. A esa parálisis.


Yo estaba en el medio de la escritura y el diseño de un libro, con algunas decisiones tomadas: no quería que fuera una pieza convencional, quería un diseño que te volara la cabeza, que fuera osado, que lo tuvieras en la mano y te despeinara visualmente, porque eso era lo que quería despertarte también con el mensaje. Generarte atracción a primera vista, e inspiración cuando lo leyeras. Que te dieran ganas de levantarte a hacer algo después de tropezar con él.


Con ese contexto, necesité volver a Berlín, un año después de haberme dejado despeinar por primera vez. Esa experiencia de caminarla, mirarla, escucharla y olerla abre un apetito por hacer que en pocos lugares logré reproducir. La primera vez me dio el envión para Songs That Gong, mi proyecto de pósters. Esta vez fui a buscar lo mismo para el libro.


Aterricé sin hablar una palabra de alemán, y mis expectativas de salir del aeropuerto sin fricción eran tan bajas como mis chances de pronunciar Ausgang sin que sonara a estornudo.


Con media hora de sueño en toda la noche, me bajé del avión y empecé el caminito hacia la cinta. Me encontré yendo sin ninguna duda, con facilidad. Al levantar la vista me di cuenta de por qué: el aeropuerto estaba señalizado para que cualquier persona, viniera de donde viniera, pudiera entenderlo. Paredes y pisos intervenidos, el rojo advirtiendo, el verde invitando a seguir. Alguien había pensado en mí antes de que yo llegara.



Ya caminando por la ciudad, me di cuenta de que ese cuidado también estaba en la calle. Iba por la vereda y las bicis me pasaban de refilón, pero los espacios estaban delimitados para que pudiéramos convivir: la bicisenda marcada con líneas amarillas en el piso, las pisadas pintadas donde quienes íbamos a pie teníamos que bajar un ratito a la calle.


Giré en redondo en plena calle. Todo estaba organizado y comunicado. Mensajes concretos, reglas claras, cada mensaje llegando a destino. Respeto por las otras personas, no importa si vas en auto, en bici o en tren, ni si sos turista o local.


Da la sensación de que la gente respeta ese orden porque también le gusta sentirse respetada. Caminar por un lugar sin entender del todo el idioma, pero con la seguridad de que lo estás decodificando bien, te hace sentir en casa sin estarlo. Cuando no se te instala una duda a cada paso, es que algo está bien hecho. Como un producto que funciona: no tiene que ser de otro planeta, solo tiene que no tener fricción.


Pero si Berlín fuera solo orden, sería un aeropuerto gigante. Lo que la hace otra cosa es lo que pasa dentro de ese orden. Es una ciudad que se animó a animarse, y eso se nota en el diseño: está a flor de piel, en el piso, en las paredes y en la piel de las personas, que son como quieren ser. De cero a noventa y nueve años.


La Design Week ya había terminado cuando llegué, igual que el año pasado, cuando tampoco pude estar. Pero quedaba el póster. Solo con verlo me dieron ganas de haber ido. El evento se había terminado y el diseño seguía hablando. Como la ropa intervenida de moda circular: te la llevás puesta y sentís que estuviste ahí.


Espacios icónicos hay miles. Tiempo para todo, ni cerca. Pero pude pasar por la tienda del Gropius Bau, y por esta vez me alcanzó. Los libros expresaban lo que necesitaban, sin límites de color, de tinta ni de diagramación. Los objetos parecían sacados de lo que sueñan las personas. Nada se preguntaba si encajaba con los estándares de lo que se vende en ese tipo de tiendas.


Y así toda la ciudad: bares con piso de arena, librerías de varios niveles, talleres para armar piezas gráficas con recortes de revistas. Me reporto enamorada.


Un diseño correcto se aprende a lograr cuando estudiamos, y es valioso: el mensaje llega. Pero a veces, en el día a día, nos enfocamos tanto en que se entienda que perdemos el plus, eso que lo separa de lo correcto y lo lleva a lo superlativo. Berlín lo tiene: la excelencia comunicacional y esa capita extra que te despierta la locura.


Me acordé de mis pósters de Songs That Gong: un despelote artístico con un orden invisible por debajo. Berlín funciona igual. La expresión está en todas partes, pero no hay caos, porque cada cosa tiene su lugar. Y justamente porque nadie duda por dónde caminar, todo el mundo se anima a hacer las cosas a su manera. En Berlín, la libertad tiene carril.


Me traje que lo creativo no necesita límites, necesita lugar. Que el techo no viene de afuera: lo ponemos desde adentro. Que lo creativo también necesita entenderse, y que las líneas expresivas pueden convivir con el orden más funcional, igual que las bicis con quienes caminan: un lugar para cada una, y las dos a la par.


Este tipo de diseño me identifica, porque es el que quiero hacer: comunicar con claridad, pero desde un lugar donde se note mi voz, para que vos lo recibas, lo sientas y te contagies. No es solo una pieza gráfica lo que tengo para dar: es la forma de contarla, con un mensaje que me sale de las tripas. Berlín me genera eso.


Si estás en esa parálisis del principio, no hace falta que te tomes un avión. Probá dos cosas. Elegí una parte de tu proceso que siempre te hace dudar y dale un carril fijo, una regla simple que no tengas que volver a decidir. Y la próxima vez que salgas a caminar, mirá tu ciudad como si no hablaras el idioma: qué te guía, qué te frena, dónde hay lugar para expresarse. Cuando dejás de dudar, aparece la energía para soltarte en todo lo demás.


Si pudiera explicarte Berlín, necesitaría mucho espacio. ¿Cómo se explica una ciudad donde todo lo que te rodea te interviene, se te cuela en el ánimo, en la mente, en la piel? Quienes salimos a cazar estímulos visuales y no llegamos a agarrarlos todos, siempre queremos volver.


J.

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