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Con el diario del lunes

Tres y cuarto de la tarde de un martes, completando información de un formulario, parada, con los antebrazos apoyados en la mesa, una porción de tarta mordida, sin plato, al lado de la laptop. A las tres y cuarenta iba a tener que cerrar la laptop, aun sin haber terminado, para salir a buscar a mis hijas. A las cuatro de la tarde era el deadline de la convocatoria.

Con toda la confianza encima, cargué todo lo que me pedían, pero me di cuenta en ese momento de que para participar tenía que ser residente en la ciudad de Buenos Aires. Mi primer pensamiento: qué pelotuda, qué atolondrada de m. El palo personal antes que nada.

En mi cabeza sonaba el inicio de "Yo caníbal", el tema de los Redondos, puro acelere, pura adrenalina. Manejé hasta el colegio con el teléfono en las piernas, con esa contradicción de querer llegar a tiempo versus que me agarrara el semáforo para escribir un mail a los organizadores pidiendo una chance más para meterme por la ventana a participar.

Había pasado siete días metiéndole a esta participación. Había involucrado a otras personas, había invertido tiempo, cabeza, ganas y plata en ordenar el proyecto, en hacer contenido. Trabajé viernes a la noche, sábado y domingo, en reuniones familiares. Armé presentación. Armé video. Fui a la imprenta. Me reuní para activar las redes. Armé posteos. Me cagué a piñas con imágenes de varios gigas. Pensé el storytelling entero en un par de días. Y pese a haber dormido poco y a andar con chispazos y la ansiedad hormigueándome el cuerpo, llegué a la puerta de la inscripción conforme con lo que tenía en la mano. ¿Con mejoras posibles? Por supuesto. Pero conforme, y segura de ir a defender el proyecto si había que pitchearlo.

Como diseñadora que soy, confieso mi fanatismo absoluto por Walter Gropius, creador de la escuela Bauhaus en Alemania, hace ya unos cien años y monedas. Pensemos esto: el tipo funda una escuela vanguardista hasta la médula justo cuando termina la primera guerra mundial. Ejemplo de huevos y convicción. Traeme un ejemplo mejor. Con el diario del lunes sabemos que la creación de esa escuela cambió el diseño, el arte y la arquitectura a nivel mundial. Pero Gropius no tenía forma de saberlo en ese momento. Solo sabía que quería ir por ese camino. Fue al galope sin ver el alambrado.

En una escala menor, pero para mí igual de valiosa, está el recorrido de mi papá. Estudiante de aeronáutica durante cuatro años, que un día dijo "no me veo en esta" y saltó al mundo del sonido. Fundó su empresa, fue un tipo reconocido en lo suyo, y hacía lo que le parecía porque estaba, también, cien por ciento convencido de que ese era el camino, como te conté en Lo que mi viejo hizo bien. Mismo impulso que lo hizo brillante y exitoso. Mismo galope al alambrado. Solo que en su caso el caballo no lo saltó, y él voló por los aires. Se quedó en la calle.

Vuelvo. Con toda esta información guardada en algún cajoncito de mi cabeza, me di cuenta de que, pese a haber estado viviendo la situación en micro (el gasto de plata, de tiempo, de foco), encontré oro puro en la visión macro: las redes activadas, la información ordenada, y la certeza de que ya estoy lista para el paso siguiente, cualquiera que vaya a tener que ser. Y créanme que con este proyecto tengo muchos planes.

El back del armado de los posters: fibra, pincel, papeles por todos lados, la edición en la computadora, y los impresos corregidos a lápiz antes de las versiones finales.

Al igual que estos dos grosos, tampoco sé si voy a terminar de este lado del alambrado o volando por el aire. Por ahora, sigo con las riendas sueltas.

Este posteo iba a salir el viernes pasado y no salió. Andaba a cuatro manos viviendo exactamente lo que acabás de leer.


J.

1 comentario


Virginia Rojas
hace 5 días

Muy bueno TODO!!! 😍

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