Si hay que desviar, desviamos
- Juliana Rojas

- hace 12 horas
- 2 min de lectura
Apareció en una caja que estaba por cerrar con cinta de embalar.

Un cartel de desvío de plástico, medio doblado, que guardaba como souvenir de una salida con amigos de hace años. Me estaba mudando.
Había decidido que mis días como ciudadana platense se terminaban: un poco porque perdía demasiado tiempo viajando todos los días a la oficina en Buenos Aires, y otro porque estaba segura de que del otro lado había un stock ilimitado de oportunidades de todo tipo.
Con toda mi vida ordenada y prolijita, romper ese molde convirtió todo en un despelote universal. Fue como caer en esos peloteros de los trampoline parks: buenísimo para caer, pero después hay que salir de ahí y lleva un esfuerzo descomunal. Buenísimo también, porque decidís perder el control, sabiendo que en algún momento vas a salir. Sabés lo que querés, y en mi caso lo que quería era recuperar el tiempo que perdía viajando. Si para eso hay que cambiar de rumbo en el medio, vamos.
Me había pasado varias veces antes de la mudanza. Oportunidades que no me terminaban de convencer, búsquedas de rumbos nuevos, y una premisa muy concreta: si hay que desviar, desviamos.
De golpe se acomodaron todas las fichas.
Un tiempo atrás, me acuerdo de una sobremesa en la que se hablaba con orgullo de alguien que llevaba veinticinco años en la misma empresa: "Ahí tenés estabilidad", decía, como si la palabra sola alcanzara. Nadie preguntó si esa persona era feliz ahí adentro. La pregunta ni siquiera entraba en la conversación.
Ese es el molde que me suena más apolillado: que si algo dura para siempre, es mejor. El amor, el trabajo, la mesa del comedor. Antes todo se volvía fantástico si contaba con décadas de historial. Y sin embargo el mundo cambió de velocidad. Lo que dura ya no es sinónimo de lo que vale. Los muebles que antes comprabas para que te duraran cien años hoy los cambiás cuando dejan de gustarte. En el trabajo pasa lo mismo, aunque cueste más admitirlo: seguir ahí porque ya invertiste tiempo no es lo mismo que seguir ahí porque te hace bien.
La pregunta no es cuánto aguantás. Es si te gusta lo que hacés ahí adentro.
En mi caso no era un trabajo lo que soltaba. Era la ciudad entera. Lo que estaba haciendo era animarme a soltar la cuerda que ya tenía agarrada, para agarrar la que quería.
Del cartel ni noticias, lo tiré hace tiempo, pero volví a verlo en esta foto vieja y me acordé de algo: esa flecha nunca apuntaba para afuera. Me apuntaba a mí.
J.



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