Hizo match conmigo
- Juliana Rojas

- hace 5 días
- 3 min de lectura
En épocas en las que tenía un emprendimiento de etiquetas de vinilo para la cocina, iba muy seguido a la imprenta. Con un sobrante de vinilo en la mano, el flaco de la imprenta me preguntó si quería aprovechar para imprimir a muuuy bajo costo, entonces metí un rayito que tenía dando vueltas hacía rato, uno que iba a ser póster y después no fue nada, no fue parte de un plan ni de un sistema, tampoco sabía todavía en qué podría convertirse.

Vamos pa' atrás. Dejame contarte que antes de toda esa historia tuve dos etapas de construcción de logo bien distintas, aunque una haya salido de la otra: primero fue la silueta de un barquito de papel bajo el concepto de salir a explorar, de ahí, un buen día, apareció la corona con la que apuntaba a autodefinirme como la put* ama de todas mis cosas y que usé unos diez años en mis proyectos personales mientras trabajaba en lugares y mi lado artístico se filtraba medio timidón en redes, impresos y una web que nadie miraba. La corona fue mutando porque sí, por cansancio, por simple iteración, por ser un reflejo de mi (por entonces) pasión por el lettering y la ilustración, porque "mi yo artístico" era una fantasía con forma de side project. Entre 2011 y 2018, todo eso fue cambiando de forma constante, sin que yo lo dirigiera del todo.
Pero ese rayito en vinilo que te contaba, en paralelo empezó a "viralizarse" en 2019, casi sin querer. Para 2024, en mis entornos laborales, ya bastaba con ver algo con un rayo pegado para saber que yo andaba cerca. Me empezaron a pedir rayitos de otros colores y productos con el rayito encima.
Cuando llegó el momento de definir mi nueva vida profesional este año, dentro de innumerables tareas, tenía la definición de mi marca personal. Y me pasó que no pude agarrar ese fierro caliente de una como creí. No sabía por qué, pero no podía decidirlo tan frescamente. No era como mirar un charquito sin profundidad en el que metés el dedo y lo sacás casi sin mojarte, esto representaba un pozo más oscuro y profundo que poco tenía que ver con una decisión visual: esa profundidad implicaba trabajar desde mi interior, para que desde ahí surgiera mi marca, a partir de mis intenciones y mi identidad. Entendí que este proceso pasaba por construir algo en lo que me pudiera reflejar, de adentro hacia afuera y no al revés. Algo que pudiera mostrar con orgullo. Algo que fuera parte de mi actual yo y me mostrara tal como soy. Conceptualmente buscaba dos gotas de agua.
Ahí llegó el momento de tomarme las cosas en serio y definir. La corona me daba la imagen de un sillón con mis propios huequitos: ya la tenía y me resultaba bien cómoda. Además vi como ventaja que podría reutilizar los impresos y las veinte mil etiquetitas de tela que mandé a hacer cuando quise vender remeras hace unos años.
Saltar a lo nuevo era dejar atrás esas decisiones del pasado y pumba: fresh start. Además el rayito ya había hecho su parte: aunque estaba sin estrenar, me representaba. Bueno. Dejé la corona y me fui al rayito. Me costó, pero tenía ese hormigueo de cuando tenés cien por ciento de seguridad en algo.
Hoy, ese rayito convive con cualquier fondo que le ponga, va bien en color o en blanco y negro, es pregnante, sobrio y disruptivo a la vez. Es versátil y me identifica. Porque puedo sentarme con vos a comer un choripán en el cordón de cualquier vereda, y puedo ser también el opuesto exacto de esa versión. El rayito no elige un concepto. Sostiene todos al mismo tiempo, y por eso funciona: no lo diseñé para representarme, él hizo match conmigo. Y cuando una marca hace match de verdad, deja de sentirse diseñada. Se siente como vos.
J.



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