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El olor de la mañana

Actualizado: 23 ago

A los veinte segundos de caminar con el frío entrándome por la parte de la pierna a donde no estaban llegando mis medias a cubrir, olí lo que iba a ser mi éxito de ese día.


Fue con exactitud hoy que, después de haber visto cómo las urgencias de mi semana iban en curva descendente, estacioné y cuando bajé del auto en lo que estaba siendo un día por demás fresco y ventoso, apreté los brazos contra el cuerpo, subí un poco los hombros, entrecerré los ojos y empecé a caminar.

Estaba yendo a la panadería a dos cuadras de mi casa. Los viernes en mi casa se desayuna con harinas de cualquier tipo y factor y después de ese mandado simple, me iba a guardar en mi casa por una buena dosis de horas.

La cuestión es que al bajar, con ese sol mañanero, sentí ese olor.

Un olor que me encanta: con mis hijas lo llamamos el olor de la mañana (tal vez vos también). No es el de las once, es el de las ocho: Una mezcla de humedad, tierra y aire soleado que solo se siente cuando el día está arrancando y al ratito se diluye.

Un olor que a mí en ese momento y cada vez que lo huelo me deja la sensación de inicio, de cuaderno del día en blanco, todo por pasar, un montón de posibilidades todas juntas.

Y tal vez te estás preguntando cómo es que me pasa todo eso, dejame que te cuente de dónde creo que viene.

Voy para atrás unos cuantos años. En mi infancia pasé unas cuantas vacaciones en el campo de mis abuelos. La camioneta iba repleta de víveres proporcionalmente con la cantidad de días que íbamos a pasar a más de cien kilómetros de la civilización, sumado al viaje en sí mismo, que tenía una parte de ruta, otra de camino de tierra con lomas (lo más similar a una montaña rusa que te puedas imaginar) y luego una tanda de huella y tranqueras por abrir. En ese lugar pasé momentos de conexión con la naturaleza difíciles de superar, el aire puro, la amplitud visual, la quietud y el disfrute sin límites, siendo que me daban un triciclo y me dejaban ser. Todo el perímetro de la casa tenía vereda, así que yo me movía entre la distancia de la casa y la pileta, haciendo paradas específicas para observar, me tildaba con el movimiento permanente de los cipreses, con el balde que a la mañana tenía un círculo de hielo en la parte de arriba del agua, con la pared descascarada que recibía el primer sol, con el sonido que venía de la cocina, con mi abuela que cocinaba con la puerta abierta y me daba charla cuando yo pasaba.

Nena comiendo un choclo recién cosechado, con los ojos cerrados, parada en medio de un maizal.
Cerrar los ojos y vamos.

Sin duda en este acopio de sensaciones, encuentro hoy una sensibilidad extra para los días de frío y sol.

Volviendo al presente, mi sensación instantánea cada vez que siento ese olor, es la de volver a esas mañanas de campo. Es ni más ni menos que abrir el archivo de la libertad sin horarios, condiciones ni peligros, las ganas de jugar, el vínculo con la exploración y la conexión con otra velocidad, desde los sentidos.

Una semana entera de estrés bajada al mínimo por un olor específico.

Me pasó un viernes, cuando empezó a relajarse mi semana. Lo importante no es lo primero sino lo segundo: bajar revoluciones para dar lugar a los matices que en pleno acelere no entran en el radar. Un cuerpo acelerado no registra sentidos. Como cuando comés en dos bocados y no sentís el sabor de la comida, tampoco se fija en los olores. El cuerpo que empieza a frenar, sí.

Acá va el dato importante: El olfato es el único de los cinco sentidos que no hace escala en el tálamo, ese peaje por el que sí pasan la vista, el oído y el tacto antes de llegar a las zonas que manejan la emoción y la memoria. El olor va directo y sin escalas, sin filtros ni obstáculos. Por eso un aroma te cambia el cuerpo antes de que la cabeza entienda qué pasó.

La ecuación de esto es conveniente: a través de un aroma, un recuerdo positivo saltó por encima de una semana entera de estrés acumulado en cuestión de segundos.

Cuando arranqué este posteo te dije que había olido lo que iba a ser mi éxito de ese día.

Ese día mandé los cuarenta y ocho mensajes para un experimento que venía abrumándome y que con otro estado de ánimo hubiese sido una tortura. Vacié la bandeja de entrada de mi correo, terminé de leer un libro y salí a caminar. Y encima tuve margen para ver un documental que hacía años tenía pendiente.

J.

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